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La Pandemia

El coronavirus sigue expandiéndose a lo largo de Ecuador y, ya sobrepasan los 3.000 casos positivos por COVID-19 según los datos del Ministerio de Salud Pública del país. En total se han realizado 9.604 test, siendo 3.139 los casos que han dado negativo y 120 los que ya se han recuperado. Por otro lado, según la misma fuente, se acerca al centenar  el número de personas fallecidas a causa de la pandemia.

 

La provincia de Guayas es la más afectada de Ecuador con relación al resto de provincias, siendo el tramo de edad entre los 20 y los 49 años el más afectado.

 

Se anuncia que vendrán más días del estado de alarma, pero no los mismos, será distinto; empezaremos a recuperar algo de nuestra vida y, que es comprensible la dureza de la situación, ante lo difícil que resulta permanecer aislados en nuestras casas, poner a prueba nuestra serenidad, apaciguar el frenetismo que eso trae.

 

Diariamente nos enteramos de la lista de fallecidos, saber de la suerte de nuestras familias, nuestros allegados, de nuestros amigos. Han sido ya tres semanas  y se nos han parecido eternas; pero tenemos varias nuevas certezas, porque vamos conociendo al minúsculo enemigo.

 

Ante este campo de batalla tan desolador, fríamente funesto, llegan noticias de aliento como las altas que día a día se anuncian, dato esperanzador que nos recuerda que la victoria es posible.

 

Cuando supimos que la pandemia del coronavirus ha alcanzado a todo el planeta, esta llegó para alterar la vida de la mayoría de los seres humanos. Tan fuerte ha sido su ataque, que nos ha expulsado de plazas y calles, aulas y oficinas, cines y cafés. Lo ha infectado todo de miedo para arrinconarnos en nuestras casas, limitando el contacto físico a un grado solo imaginable por la ciencia ficción, un mundo sin abrazos ni besos. El virus nos persigue en las redes sociales, en las conversaciones familiares y en los escasos silencios que nos permite esta sociedad hiperconectada.

 

Pero la crisis también nos ha dado la oportunidad de compartir y apoyarnos unos a otros,  para traspasar de maneras personales y originales, las fronteras que impone el distanciamiento social forzoso.

 

Nos ha enseñado también que no estamos solos en esta era de incertidumbre. Que nos ha fortalecido para, a corto o mediano plazo, crear un mosaico de voces ciudadanas y un testimonio polifónico, que luego de un periodo marcado por el miedo, el aislamiento y la inseguridad, llegue el ansiado mundo evidenciado por la esperanza, el desprendimiento, el respeto y la solidaridad.

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