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La vocación del servicio

El “apostolado” que dicen practicar los dirigentes deportivos, el cual, supuestamente se basa en su vocación de servicio, requiere, a mi juicio, de ciertos ajustes en su práctica y de muchos compromisos de quienes hacen parte de esta comunidad deportiva, para no dejar abierta una puerta falsa por la que puedan estarse colando, personas con otras intenciones distintas a servirle al deporte, como una causa común.

 

Para no caer en tergiversaciones es necesario empezar por precisar qué es o qué se entiende por vocación de servicio y, para ser más precisos en el alcance del concepto, es necesario analizar por separado sus dos componentes.

 

En primer lugar, con la vocación se expresa la inclinación, afición o propensión de una persona hacia algo o por algo; y por servicio debe entenderse ayuda, favor, gracia o beneficio, que se concede a otro. Y la conjunción de ambos términos constituye una actitud del hombre, para asumir compromisos a favor de alguna causa. Por consiguiente, la VOCACIÓN DE SERVICIO representa la capacidad que tienen algunas personas de poner todas sus potencialidades al servicio de los demás, por la sola satisfacción de servir.

 

Entendida así, la vocación de servicio es una actitud propia de ciertas personas, convencidas por sus medios de lo importante y necesario que resulta comprometerse con los demás, como una decisión voluntaria, que se traduce en el compromiso de servir con desinterés y bajo unos mínimos éticos, que pasen cualquier examen de honestidad y transparencia en el modo de actuar.

 

Se habla de hechos que se vienen dando al interior de la dirigencia del deporte y que dejan muchas preocupaciones frente al marco ético y conceptual, que de cualquier manera llegan a la desestabilización de la institucionalidad de la estructura del deporte.

 

No sé si es el afán de figurar ante la sociedad o la de cumplir funestos propósitos que de cualquier manera afectan a los más desprotegidos, los deportistas. Allí podemos aseverar que existen intereses que no están propiamente enmarcados ni respaldados en una clara vocación de servicio, pues  los medios empleados para expresar su derecho a disentir no son nobles, ni mucho menos están ceñidos a la verdad.

 

Estas cosas suceden cuando se ha perdido el norte y las personas; en el caso de los dirigentes deportivos, confunden su misión con otro tipo de intereses, que no son propiamente los que dan cuenta de una verdadera vocación de servicio, que los avale para reconocerse y ser reconocidos como líderes del deporte, dejando al garete su imagen y su prestigio.

 

Todo esto me da pie para ser insistente en mi llamado a la dirigencia del deporte asociado, para que defendamos la institucionalidad de nuestras organizaciones, como único medio para dejar sin campo de acción a quienes practican la cultura del atajo, a quienes creen en el tráfico de influencias como recurso efectivo para obtener la respuesta deseada y a quienes no saben diferenciar entre lo propio y lo ajeno, para hacer de la prebenda un diabólico medio populista.

 

Quien se considere dirigente deportivo, amparado en su vocación de servicio, tiene que hacer de su gestión, un modelo digno de imitar, debiendo someter todas sus actuaciones, al escrutinio público de los llamados a calificar su desempeño.

 

 

M. Fernando Vire Riascos,

manuelfvr1@yahoo.es

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